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Universidad de las Américas Puebla
68° Ceremonia Anual de Graduación – 9 de junio de 2012
Dr. Guillermo Ortiz


Muchas gracias. Buenos días Sr. Rector, Secretario, demás miembros de la facultad, graduandos y todos los presentes.

Presídium:

  • Mtro. Antonio Gali Fayad, Secretario de Infraestructura y representante del Gobernador del Estado de Puebla
  • Dr. Luis Ernesto Derbez Bautista, Rector de la Universidad de las Américas Puebla
  • Dra. Cecilia Anaya Berríos, Vicerrectora Académica de la UDLAP
  • Lic. Mónica Ruiz Huerta, Vicerrectora Administrativa
  • Dr. José Francisco Tamborero Arnal, Vicerrector de Asuntos Estudiantiles
  • C.P.C. Francisco Mariscal Magdaleno, Vicerrector de Extensión y Desarrollo Institucional
  • Mtra. Martha Laura Ramírez Dorantes, Decana de las Escuela de Artes y Humanidades
  • Dr. Andrés Ramos Ramírez, Decano de la Escuela de Ciencias

Primero, quiero agradecer al Rector Luis Ernesto Derbez por invitarme a participar en esta celebración. Es un gran honor poder compartir algunas palabras con todos los presentes, en particular con los recién graduados de la Universidad de las Américas Puebla en este día tan importante tanto a nivel profesional como a nivel personal.

Sin duda, el día de hoy culmina una etapa de sus vidas de la que deben estar sumamente orgullosos. Terminan un ciclo marcado por el esfuerzo y la dedicación, y se preparan para entrar a una fase llena de nuevos retos y oportunidades.

Hoy comienza una emocionante etapa de su carrera profesional; dejan la vida de estudiantes y se preparan así, a convertirse en miembros activos del mercado laboral o bien a prepararse para un posgrado.

En esta nueva etapa, el esfuerzo y la perseverancia, la templanza y el coraje que demostraron para lograr sus correspondientes títulos académicos siguen siendo factores determinantes para definir su futuro.

Estos valores son especialmente importantes ahora, cuando contemplamos la difícil situación de la economía global. El contexto que heredan ustedes el día de hoy es uno cuyo rasgo principal es la incertidumbre.

El mundo hoy enfrenta problemas complejos, en los que no siempre está claro cuál es el camino correcto, y que al mismo tiempo exige acciones firmes y resueltas. El mundo de hoy, más que nunca, exige que muestren convicción en lo que hagan y que perseveren en todos sus proyectos. Por esto mismo es importante dejar de lado la apatía y el conformismo. Se enfrentan a una tarea de enormes proporciones: ser líderes en un mundo donde la única constante es un entorno rápidamente cambiante.

Hace cuatro o cinco años, cuando la gran mayoría de ustedes comenzaban sus estudios universitarios, el mundo era un lugar particularmente incierto, abrumado por la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, cuyos efectos continúan al día de hoy.

La crisis no les ha dejado un mundo sencillo. Para poder enfrentar los retos que están por venir necesitan tener muy claro cuál será su papel a desempeñar y de qué manera pueden tener un impacto positivo sobre su entorno.

La circunstancia actual les exige realizar un trabajo de introspección profundo que probablemente definirá el rumbo que tomarán en esta nueva empresa que comienzan el día de hoy.

Todos nosotros tenemos una historia: un conjunto de experiencias de vida que conforman nuestra identidad y determinan la manera en que nos desarrollamos en el mundo, interactuamos con el mismo y lo transformamos. Me gustaría que pensaran hacia dónde quisieran llevar su historia y qué impacto quisieran tener sobre la sociedad.

Para ayudar en esta reflexión, permítanme compartir con ustedes una parte de mi propia historia; contarles la experiencia de un reto que enfrenté también en un contexto de gran incertidumbre.

Hace poco más de 17 años tuve el privilegio de servir al país actuando como Secretario de Hacienda y Crédito Público, y como tal, estuve encargado de coadyuvar a dirigir al país a través de su propia tormenta financiera.

Pido disculpas de antemano por contar una historia económica. Pero estoy sesgado por mi profesión. (Anécdota de por qué estudié economía.) (Mi más sentido pésame a los que hoy se gradúan de esta “ciencia abismal” (como ha sido llamada).

Como muchos de ustedes sabrán, las crisis económicas y financieras no son ninguna novedad; forman parte de un fenómeno continuo en la historia: el ciclo del auge a la quiebra, del crecimiento a la contracción y del éxito al fracaso.

En los años 90 y los comienzos del nuevo milenio, varios países en vías de desarrollo sufrieron episodios de turbulencia financiera severa. Comenzando por la crisis cambiaria de México en 1994-95, seguido por Tailandia en el ’97 y crisis agudas en otros países asiáticos; incumplimiento de pago de deuda soberana por parte de Rusia en el ’98 y Argentina en el 2001, continuando con Brasil y luego Turquía en una lista que aún no acaba de escribirse. Y más recientemente hemos visto este ciclo de auge-crisis en el mundo desarrollado.

Este periodo de apogeo en Latinoamérica comenzó a principios de los años 90. Durante este periodo varios países registraron un crecimiento económico vigoroso. A su vez, estos años de rápido crecimiento dieron lugar a un incremento sustancial en el nivel de deuda pública y privada. El consumo creció, el tipo de cambio se sobrevaluó, el precio de activos subió a niveles insostenibles y los déficits comerciales aumentaron. “Los años de la plata dulce,” era como los argentinos se referían a estos tiempos. Sin embargo, después del auge vino la caída. Lo que siguió fueron fugas de capital, fuertes depreciaciones de las monedas, sistemas financieros al borde de la quiebra, recesiones económicas y tasas de desempleo sumamente elevadas.

En el caso de México, como sus padres seguramente recordarán, los años que precedieron a la crisis del ’94 fueron particularmente prósperos. El principio de la década había visto un impulso económico fuerte; producto de una serie de reformas y ajustes logrados durante la década previa como parte de un acuerdo para reestructurar la deuda del gobierno mexicano (el Plan Brady), acuerdo con el cual se puso fin a la crisis general de deuda latinoamericana de los 80.

Estas reformas y la privatización de sectores importantes propiciaron la entrada de capital extranjero. Por otra parte, las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte concluyeron en 1993; generando grandes oportunidades en términos de inversión, exportaciones y empleo. El futuro parecía prometedor para nuestro país. Por fin estábamos en el camino adecuado después de décadas de inestabilidad.

Todo esto cambió el 1º de enero de 1994. Ese día estalló la rebelión armada del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, estado caracterizado por una fuerte marginación económica y social. En marzo de ese mismo año, Luis Donaldo Colosio, candidato a la Presidencia de México, fue asesinado. El entorno externo también resultó perjudicial para el país: en Estados Unidos, la Reserva Federal duplicó las tasas de interés del 3% al 6% en menos de un año.

Estos eventos desataron la crisis económica que siguió. Casi de la noche a la mañana las perspectivas económicas del país se revirtieron. Los inversionistas retiraron casi de inmediato miles de millones de dólares del país y cambiaron sus bonos denominados en pesos por Tesobonos; instrumentos de deuda denominado en dólares que dejaron un muy mal sabor de boca.

Fue durante este episodio, hacia finales de diciembre de 1994, que el Presidente Ernesto Zedillo, quien había comenzado su mandato al inicio del mismo mes, me nombró Secretario de Hacienda. Lo más severo de la crisis había estallado a mediados de diciembre con una fuerte devaluación del peso. Pronto el gobierno mexicano adoptó un régimen de tipo de cambio flexible; no como resultado de una decisión estratégica sino por necesidad. El Banco de México había agotado sus reservas y el gobierno debía miles de millones de dólares a inversionistas extranjeros.

Los meses siguientes fueron sin duda los más desafiantes de mi vida. Algunos creían que México había llegado a una situación de la que no podría recuperarse y que era inevitable caer en un incumplimiento de pago.

Era evidente para nosotros que México debía recuperar prontamente la confianza de los mercados internacionales. Debíamos evitar un evento de crédito que condenaría al país a estar aislado del resto del mundo en términos de cooperación y crecimiento económico. Para lograr esto debíamos impulsar cambios importantes en la estructura económica del país y ganar el apoyo de actores internacionales. Este proceso exigió realizar negociaciones difíciles con grupos nacionales e instituciones extranjeras.

[[ Pronto logramos el apoyo del Presidente Clinton de Estados Unidos, quien ofreció un préstamo de 20 mil millones de dólares. Larry Summers, el entonces Subsecretario del Tesoro, solía decir que su capital político y el del Presidente estaban “denominados en pesos.” Por otra parte, el Fondo Monetario Internacional acordó otorgar al país un préstamo de 17 mil millones de dólares, un monto sin precedente en aquel entonces. Junto con otras organizaciones internacionales se consiguió en total un apoyo de casi 50 mil millones de dólares.

Al mismo tiempo se implementó un severo programa de austeridad que incluía recortes en el gasto y aumentos en impuestos y precios de energéticos, entre otras medidas. Para lograr estos cambios fue necesario buscar un espacio común con varios grupos, entre los que se encontraban el congreso y varios sindicatos, los cuales no estaban de acuerdo con las medidas que creíamos eran las correctas. Sin embargo, en el curso de arduas negociaciones, que típicamente estuvieron marcadas por tensiones y conflictos, logramos conciliar el apoyo necesario para redirigir al país a un camino sostenible. ]]

Para mí era claro que se debían llevar a cabo cambios radicales para lograr un ajuste rápido en la economía a fin de recuperar la confianza de los inversionistas e incrementar la probabilidad de una recuperación fuerte en el país. Pero, como es siempre el caso, los grandes cambios irremediablemente involucran grandes riesgos.

Para marzo de 1995 habíamos completado el paquete de apoyo y negociado, en México y con el FMI, el programa de ajuste financiero. Había tenido éxito en implementar la respuesta pensábamos más adecuada para la crisis que enfrentaba el país; pero una duda persistía en mi mente: ¿funcionaría el paquete de ajuste que diseñamos? ¿Tomamos la decisión correcta? La realidad de las cosas es que era imposible conocer la respuesta en ese momento.

Lo que me impulsó a tomar este camino tan riesgoso fue la convicción de que ante todo el país debía recuperar la confianza que había perdido para así poder construir algo mejor. La confianza, como todo lo que es valioso en la vida, es enormemente difícil de ganar y sumamente fácil de perder. Una vez que se pierde, es muy complicado recuperarla, y México había ya perdido la confianza de quienes invertían en el país.

Los meses que siguieron no proporcionaron alivio a la economía y los hogares mexicanos. El producto interno bruto cayó 10% durante la primera mitad del año y el desempleo se disparó. Mi angustia se exacerbaba en esos días mientras me trasladaba a mi oficina; preguntándome en el camino cuántas de las personas que veía en la calle habían perdido sus empleos a causa de la crisis y cuántos aún lo perderían.

Si el plan que habíamos llevado a cabo no funcionaba, la alternativa era caer en incumplimiento de pago. Comprendía que si México llegaba a esa situación las dificultades que enfrentaban las familias mexicanas serían mucho mayores. Me sentía verdaderamente abrumado por las circunstancias.

[[ En la primavera de 1995, en uno de los paneles de discusión de las reuniones del Banco Interamericano de Desarrollo, celebradas en Jerusalén, el entonces Ministro de Finanzas de Argentina, Domingo Cavallo, estaba explicando a la audiencia por qué su país estaba en una posición superior a la de México. Siguió refiriéndose a la crisis de México como el "efecto Tequila". Si bien yo entendía muy bien su deseo de aislar a su país de un posible contagio de la crisis mexicana, nunca estuve de acuerdo con el término "la crisis del Tequila". Recuerdo haberle comentado a Cavallo que le estaba dando un mal nombre a una muy buena bebida. ]]

Afortunadamente, las medidas de ajuste dieron resultado y el programa cumplió su cometido. A mediados de 1995, menos de un año desde el comienzo de la crisis, México pudo reingresar a los mercados de capital y pagó los préstamos que recibió por parte de Estados Unidos y del Fondo Monetario Internacional varios años antes de lo programado. Desde el punto de vista económico, y para mí en lo personal, el plan fue un éxito.

Si bien siempre es gratificante hablar sobre un éxito, quizá en el plano personal resulta más importante reflexionar sobre el desenlace contrario. ¿Qué habría ocurrido si el programa de ajuste no hubiera funcionado? A pesar de que numerosos factores estaban fuera de nuestro control, ¿hubiera representado este acontecimiento un fracaso tanto personal como profesional? Cambiar el sentimiento del mercado no es un resultado tangible que se pueda obtener siempre por las mismas variables, incluso en circunstancias similares. Sin embargo, la realidad es que en aquel entonces, caer en incumplimiento de pago sí hubiera representado un fracaso para mí, tanto en el plano personal como el profesional.

Hoy en día, puedo decirles que la experiencia me ha enseñado que uno nunca sabe con anticipación los resultados que tendrán las decisiones que tomamos. Tal y como sabiamente lo dijera Sören Kierkegaard, el filósofo danés del siglo diecinueve: “la tragedia y la comedia de la vida es que ésta sólo puede ser entendida hacia atrás; pero debe ser vivida hacia adelante.”

El éxito es una mezcla de suerte, habilidad, perseverancia, oportunidad y pericia. Las posibilidades de éxito siempre se reducen considerablemente cuando uno se concentra exclusivamente en el resultado final deseado, en vez de centrar la atención en aquello que es necesario hacer para obtenerlo.

Ahora, después de diversos episodios de logros y fracasos, entiendo que el éxito verdadero sólo puede definirse en relación con el proceso de desarrollo personal que implica la toma de decisiones difíciles. Esto significa conservar las convicciones ante la duda, mantener el rumbo ante contracorrientes y desarrollar el instinto para adaptarse a las circunstancias según éstas lo exijan.

Significa reconocer que muchos factores permanecerán siempre más allá de su control. Una vez que acepten esta realidad, tomar decisiones difíciles no les resultará tan angustioso. Al final del día, lo que importa es que sepan valorar y usar lo que sí está bajo su control: sus decisiones, su valentía, su energía y la pasión con la que superan sus temores y mantienen la fe en ustedes mismos y en sus convicciones.

También es importante fomentar el trabajo en equipo. Volteen alrededor suyo. Vean a sus compañeros. El poder trabajar con un grupo en el que pueden confiar y que puede confiar en ustedes es algo de mucho valor. Conserven su fe en la gente y cultiven la convicción de que el trabajo en conjunto entre individuos con habilidades diversas y una meta en común puede superar cualquier obstáculo.

Ahora pensemos en la situación actual. La crisis económica y financiera más reciente ha resultado, desafortunadamente, más devastadora que la que yo tuve que enfrentar hace 18 años y me atrevo a decir que el reto que ustedes enfrentan es mayor.

En su origen, esta crisis fue el resultado de fracasos por parte de instituciones financieras, reguladores, supervisores y agencias calificadoras a nivel global. Además, representa un fracaso del paradigma según el cual los mercados con regulaciones laxas podían asignar recursos eficientemente y manejar adecuadamente el riesgo.

Resulta claro, entonces, que la coyuntura exige cambios profundos y decisiones difíciles. Pero también se debe remarcar la oportunidad de aprendizaje. Un ejemplo claro en este sentido es la resistencia que mostraron los mercados emergentes a la crisis global, incluyendo, desde luego, a México. Ni una sola de las economías emergentes que experimentaron una crisis financiera en los 90, tanto en Asia como en Latinoamérica, sufrió una crisis financiera local a causa de la debacle global.

Este hecho se debe remarcar; muestra que las economías aprendieron de sus errores. Los bancos de economías emergentes no compraron cantidades desmedidas de activos tóxicos y se encontraban bien capitalizados cuando se dio la contracción mundial de liquidez. Por primera vez en su historia reciente, los gobiernos de estos países pudieron sanamente aplicar políticas económicas contra-cíclicas para atenuar el impacto de la crisis global sobre sus economías. Fueron los buenos fundamentos macroeconómicos y sistemas financieros sólidos los que les permitieron implementar estas medidas, sin por ello minar su estabilidad económica.

En los países desarrollados, en contraste, estas medidas y la necesidad de rescatar a sus sistemas bancarios implicaron aumentos masivos en sus niveles de deuda y deterioraron sus finanzas públicas. Esto ha erosionado la confianza de inversionistas en la capacidad y voluntad de pago de varias economías avanzadas, aumentando la necesidad de iniciar un largo proceso de consolidación fiscal en varios países. Seguramente han escuchado de los problemas que enfrentan Grecia, Irlanda, Portugal y, más recientemente, España. Sin duda, este proceso representa un reto significativo a la economía global en los años venideros.

En México también enfrentamos la necesidad de reformar el sistema actual para impulsar el crecimiento y el empleo. Afortunadamente, nuestro país cuenta con bases sólidas para aprovechar las oportunidades de la economía mundial, en la que los países emergentes juegan un papel cada vez más importante. Generar un marco institucional que procure la estabilidad macroeconómica no ha sido fácil ni barato para México. Sin embargo, hoy lo tenemos y hay que aprovecharlo para fomentar el crecimiento en beneficio de la población en general.

En la parte económica, el país va bien y tiene fundamentos sólidos para que se dé un salto cualitativo en términos de crecimiento económico y bienestar. Para ustedes, será un país de oportunidades. Enfrentamos, desde luego, retos enormes como lo son la desigualdad y la pobreza que, si bien ha disminuido, todavía lastima a mucha gente. La inseguridad, como ustedes saben, es el tema que más preocupa a todos.

Pero también tenemos los instrumentos para enfrentar los problemas. México es hoy un país con instituciones más fuertes y con una democracia vibrante. En unas cuantas semanas tendremos elecciones para elegir el próximo o la próxima presidente del país, así como el congreso en pleno. Con su voto, que para muchos de ustedes será la primera ocasión que lo ejerzan, tienen la posibilidad de opinar y cambiar el rumbo del país.

Éste es un reto que enfrentan todos ustedes; sobre todo por la situación privilegiada en la que se encuentran. En nuestro país solo el 10.9% de los mayores de 15 años cuenta con estudios de nivel superior.

No deben olvidar la responsabilidad social que implica esta oportunidad. Son ustedes los futuros dirigentes del país.

Su generación enfrenta retos complejos; desafíos que fueron desconocidos para la mía. Lo importante es que asuman responsabilidad por las decisiones individuales y colectivas que tomen. Esto es lo único que realmente está en sus manos y es donde comienza la medida de su éxito.

Mi consejo para ustedes el día de hoy es que aprovechen las oportunidades que tienen y enfrenten los temores que los acosen. Siempre mantengan la fe en ustedes mismos y hagan todo lo posible por cumplir sus metas. Sean cuales sean los obstáculos que enfrenten en sus vidas, si mantienen su coraje y la pasión por luchar por lo que quieren, serán exitosos.

Hoy, deben estar orgullosos de lo que han logrado y ansiosos por continuar con una nueva y emocionante etapa en sus vidas. Felicidades graduandos de la generación del 2012.